La experiencia es positiva aunque es preocupante hasta qué lejanos lugares ha llegado la atracción del dinero.
Pero esto no hará olvidar el encanto de aquella abuela pululando en pelotas por la aldea y luciendo un impoluto camisón blanco por las noches; o aquella gallina lanzada al vacío y estrangulada para servirnos de cena; o la comunidad entera alrededor nuestro contando cuentos e historias en un idioma totalmente desconocido para nosotros y, sin embargo, perpetuado a través de la tradición oral; o el avance aguas arriba entre tucanes, nutrias, monos y demás animales; o el desembarco en las comunidades previa autorización del Dirigente de turno; o esa caminata en la selva, a golpe de matxete, siguiendo con éxito el rastro del águila Arpía; o ese partido de fútbol con la txabalería de una aldea; o esos patacones para desayunar, comer y cenar; o...
Después de ir con lo puesto en la selva y de dormir entre animales en el suelo, el salto a Kuna Yala resulta un choque brutal. Volvemos al Caribe donde nos recibe uno de los únicos pueblos indígenas que gozan de cierta autonomía política de América: el archipiélago de San Blas.
Lástima que estemos tocados, solo la chitra hace que nos tengamos que preocupar de algo.
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